"...Aquellos gatos no me dejaban dormir y ya empezaban a rebasar mi paciencia. Sus sonidos y movimientos al copular eran aberrantes, desgarrando mis tímpanos conforme penetraban por ellos, hasta llegar a perforar una y otra vez mi cerebro. Salí al jardín y logré coger a uno de ellos por el pescuezo. Su forma de resistirse no fue otra sino clavando sus afiladas garras una y otra vez en mi antebrazo, del cual brotaba un fino hilo de sangre tras cada embestida gatuna.

Asido del cuello, lo acerqué al pequeño estanque del jardín y sumergí su cabeza mientras sus grisáceos y amarillos ojos inyectados en ira se clavaban en los míos. Se quedó paralizado, casi inmóvil al contacto con el agua. No había duda de que el miedo en estado puro al líquido elemento y a la presión de mi mano en sí lo habían paralizado. Podía sentir como su último aliento se escapaba entre mis manos, las cuales ejercían la función de válvula reguladora de existencia. ¡Qué extraña sensación, cuán poderoso te puedes sentir cuando sabes que una vida, sea del animal que sea, está bajo tu absoluto dominio!

Como una inyección de opiáceos en vena, comienzo a sentirme cada vez más relajado. Mi mente se evade a imágenes en calma y paz. La primera de ellas se asemeja irónicamente al estado de mi querido amigo felino, sumergiéndome en la piscina y jugando a contener la respiración debajo del agua como cientos de veces habréis hecho todos vosotros. Mi mente se llena de un color azul apacible por segundos. Parsimonioso azul cielo despejado que me cubría a mí y a mi verde toalla que se mimetizaba con la hierba de aquel prado, en donde aprendí de niño lo que era un nogal; ese azul gas que tantas veces prendió para dar paso a los mejores guisos que mi madre preparó para dos comensales; ese azul odiado por dar color a una portada de libro de aburrida Historia en la escuela; ese azul de una diadema que contenía el dorado tesoro que por cabellera lucía la chica de la parada del autobús; ese azul del jacuzzi de dudosa higiene de aquel aparta-hotel de veraneo que compartimos sin miramiento alguno; ese azul de las impúdicas salas de rayos uva y discotecas de ocio alternativo del mes de agosto; ese azul de unos maravillosos ojos de una chica que una mañana me regalaron mi mejor despertar; ese azul de mi botella de Bombay Shappire que tantas veces salió del congelador para cerrar noches de lujuria y caricias con jóvenes nórdicas que intentaron igualar tu belleza y que algunas casi lograron; y ese azul del tulipán de mi pequeño jardín que tú, irritante minino, estabas ultrajando y que ha llevado a tu fin y a mi merecido descanso.

Tomo consciencia y sonrío levemente, porque acabo de practicar una de mis técnicas favoritas para la relajación llamada visualización, que tantas veces he dirigido sobre mis pacientes ansiosos y ansiógenos. ¿Tendré que recetarles la próxima vez que simplemente maten a su mascota? No, en realidad soy consciente de que se han podido juntar un cúmulo de circunstancias externas como el cese de su exasperante alboroto, la calma de la noche cerrada, y el desmesurado sueño que arrastraba y que ahora puedo recobrar, las que han provocado este sereno estado cerebral que me invita al mejor de los reposos. Pero amigos, así empiezan los simples condicionamientos. Menos mal que sé que lo que he hecho está mal, ha traspasado los límites de toda ética y está bajo control. Simplemente ha sido algo anecdótico, algo que nadie tiene porqué saber, ya que podría influir en la percepción que sobre mí tengan los demás y que podría dañar una buena relación...."

Amigos, sacad lo mejor de este relato y sin traspasar los límites del protagonista del libro, comenzar con las visualizaciones para todo lo que deseéis lograr y conseguir. No crucéis la frontera sureña de vuestra ética, no vaya a ser que luego vengan las sensaciones de vacío y sentirse extraño e incómodo consigo mismo. No traiciones a tu forma de jugar, y el juego y los resultados, no te traicionará a ti.